¿Prequntas sobre el cáncer?

Efectos tardíos del tratamiento anticanceroso en la niñez (PDQ®)

Versión para profesionales de salud

Efectos tardíos en el sistema cardiovascular

Se notificó que la cardiopatía posterior a la recidiva del cáncer primario y la presentación de cánceres secundarios primarios es la causa principal de mortalidad prematura entre los sobrevivientes de cáncer infantil.[1-5]

Las siguientes pruebas apoyan el exceso de riesgo de mortalidad cardiovascular prematura:

  • Entre más de 20.000 sobrevivientes a 5 años de cáncer infantil en América del Norte (en el Childhood Cancer Survivor Study [CCSS]) los participantes tratados entre 1970 y 1986 tuvieron un cociente de incidencia estandarizado de mortalidad cardíaca de 7,0 (intervalo de confianza [IC] 95%, 5,9–8,2) de mortalidad cardíaca, que se tradujo en un exceso de muertes de 0,36 por 1.000 años-persona.[1]
  • Se analizó la enfermedad circulatoria por todas las causas y la mortalidad cardíaca específica en 4.122 sobrevivientes a 5 años de centros seleccionados de Francia y el Reino Unido, con un promedio de seguimiento de 27 años. Es importante destacar que incluso las dosis de radiación de 5 a 14 Gy dirigidas al corazón se relacionaron con un aumento de riesgo de muerte cardíaca (riesgo relativo [RR], 12,5; P < 0,05).[3]
  • SE analizó todas las causas de mortalidad cardiovasculares y cardíacas específicas en 4.122 sobre viviente a 5 años de centros determinados en francia e inglaterra, con un seguimiento promedio de 27 años. Es importante que aún las dosis de radiación de 5 Gy a 14 Gy al corazón se relacionaron con un aumento del riesgo de muerte cardíaca (riesgo relativo [RR], 12,5; P < 0,05).[3]

Se notificó que, hacia los 45 años, la incidencia general acumulada de incidentes cardíacos que amenazan la vida o mortales es de aproximadamente 5% para coronariopatías e insuficiencia cardíaca por separado, y de 1 a 2% por trastornos valvulares o arritmias.[6] En comparación con los hermanos, los sobrevivientes a 5 años tuvieron un RR cercano, si no en exceso, de 10 veces de coronariopatías o enfermedad cerebrovascular.[7] La carga de enfermedad subclínica es probablemente mucho mayor.[8]

Los efectos tardíos específicos que se tratan en esta sección son los siguientes:

  • Miocardiopatía o insuficiencia cardíaca.
  • Cardiopatía isquémica.
  • Cardiopatía pericárdica.
  • Valvulopatía.
  • Trastornos de conducción.

En esta sección también se trata brevemente sobre la influencia de trastornos relacionados tales como hipertensión, dislipidemia y diabetes, vinculadas con estos efectos tardíos, pero no se analizan en detalle estos trastornos como consecuencia del tratamiento del cáncer infantil. La American Heart Association publicó un análisis amplio de la toxicidad cardiovascular a largo plazo en los niños y adultos jóvenes sobrevivientes de cáncer.[5]

En general, ha habido una gran cantidad de estudios que abordaron el tema de los episodios cardíacos entre los sobrevivientes de cáncer infantil. Además de muchos estudios más pequeños que no se cubren aquí en detalle, la bibliografía incluye estudios grandes de cohortes hospitalarias,[3,6,8-11] de ensayos clínicos [12] o demográficas;[2,4] muchos de ellas con varias décadas de seguimiento. Sin embargo, incluso con décadas de seguimiento, la edad promedio de estas poblaciones todavía puede ser relativamente joven (en la mitad de la adultez o en la adultez temprana). Además, mientras que el riesgo de desenlaces episodios cardiovasculares graves puede ser muy alto en relación con la población general de la misma edad, el riesgo absoluto a menudo sigue siendo bajo; ello limita la fuerza de muchos estudios. Entre los estudios muy grandes con miles de sobrevivientes, la principal limitación ha sido la capacidad inadecuada para determinar clínicamente complicaciones cardiovasculares tardías, con una mayor dependencia en registros administrativos (por ejemplo, registros de defunción), o en autonotificaciones o informes de apoderados.

Si bien cada diseño de estudio tiene algunos sesgos inherentes, la bibliografía acumulada, con base en una combinación de desenlaces autonotificados, comprobación clínica y fuentes de datos administrativos, presenta una conclusión firme de que ciertas exposiciones relacionadas con el cáncer predisponen a los sobrevivientes a un riesgo significativamente mayor de morbilidad y mortalidad cardiovasculares. Aunque la investigación de los efectos tardíos suele ir a la zaga de los cambios en el tratamiento contemporáneo, muchas terapias vinculadas con los efectos tardíos cardiovasculares siguen siendo de uso común hoy en día.[13,14] La investigación en curso será importante para asegurar que las nuevas sustancias dirigidas que se están introduciendo actualmente no produzcan efectos cardiovasculares inesperados.[15]

Los resultados de estudios de cohorte seleccionados que describen la prevalencia de desenlaces cardiovasculares son los siguientes:

  • Investigadores austríacos y alemanes evaluaron la presentación de cardiopatías (mediante autonotificaciones del paciente acompañadas por un informe médico) en una cohorte de 1.132 sobrevivientes de linfoma de Hodgkin (LH) infantil controlados durante una mediana de 20 años. La incidencia acumulada de cardiopatías en 25 años aumentó con las dosis de radiación más altas dirigidas al mediastino: 3% (no irradiados), 5% (20 Gy), 6% (25 Gy), 10% (30 Gy) y 21% (36 Gy). Los defectos valvulares fueron los más comunes, seguidos de coronariopatías, miocardiopatías, alteraciones del ritmo cardíaco y anomalías pericárdicas.[16]
  • En una cohorte hospitalaria holandesa de 1362 sobrevivientes de cáncer infantil a 5 años (mediana de edad alcanzada, 29,1 años; mediana de seguimiento desde el diagnóstico, 22,2 años), la incidencia acumulada a 30 años de episodios cardíacos sintomáticos por causas específicas (insuficiencia cardíaca congestiva, isquemia cardíaca, valvulopatía, arritmias o pericarditis) aumentó de modo significativo después del tratamiento con antraciclinas y radiación cardíaca (12,6%; IC 95%, 4,3–10,3), antraciclinas solas (7,3%; IC 95%, 3,8–10.7) y radiación cardíaca sola (4,0%; IC 95%, 0,5–7,4) en comparación con otros tratamientos. No parece haber una relación exponencial entre la dosis acumulada de antraciclina, la dosis de radiación cardíaca y el riesgo de un episodio cardíaco sintomático.[11]
  • En un informe de CCSS de más de 14.000 sobrevivientes a 5 años, se examinó en detalle la relación dosis-respuesta de la radioterapia y la quimioterapia (antraciclina) vinculada con la autonotificación (o la causa de muerte) debido a infarto de miocardio, insuficiencia cardiaca congestiva, enfermedad pericárdica y anomalías valvulares. Las dosis de radiación cardíaca de 15 Gy o más se relacionaron con un riesgo sustancialmente mayor en comparación con el riesgo observado en los sobrevivientes no irradiados, mientras que las dosis de antraciclina de 250 mg/m2 o más se relacionaron con un riesgo significativamente mayor de insuficiencia cardíaca congestiva, enfermedad pericárdica y anomalías valvulares, independiente de la exposición a la radiación. En general, la incidencia acumulada de los desenlaces cardíacos adversos continuó aumentando más de 30 años después del diagnóstico del cáncer original.[10]
  • En un estudio de seguimiento de CCSS, se mostró que la incidencia acumulada de estos episodios cardíacos graves siguió aumentando más allá de los 45 años de edad. Más aún, el riesgo de estos episodios se potenció (es decir, más allá de lo que cabría esperar por un modelo aditivo) por la presencia de trastornos simultáneos potencialmente modificables, tales como obesidad, dislipidemia, diabetes y, en particular, hipertensión. La hipertensión se relacionó de forma independiente con todos los desenlaces cardíacos graves (RR, 6 a 19 veces más), incluso después del ajuste por el uso de antraciclinas e irradiación dirigida al pecho.[6]
  • Con el uso de los datos bien comentados de cuatro cohortes grandes de sobrevivientes de cáncer infantil (CCSS y datos del National Wilms Tumor Study Group, Holanda y el St. Jude Children’s Research Hospital), se creó y validó una calculadora de riesgo de insuficiencia cardíaca con base en características demográficas y de tratamiento de fácil acceso, que puede proporcionar un cálculo clínico más individualizado riesgo de insuficiencia cardiaca para sobrevivientes de cáncer infantil a 5 años que recién completaron el tratamiento y hasta los 40 años de edad. Una limitación de esta calculadora es que, debido a la temprana edad de los participantes en el momento del pronóstico inicial (supervivencia a 5 años), no se podría incorporar información sobre los trastornos cardiovasculares convencionales como hipertensión, dislipidemia o diabetes.[17]

Factores de riesgo del tratamiento

La quimioterapia (en particular, antraciclinas y antraquinonas) junto con radioterapia, tanto solas o combinadas, aumentan el riesgo de enfermedad cardiovascular en los sobrevivientes de cáncer infantil y se consideran los factores de riesgo más importantes que contribuyen a la enfermedad cardiovascular prematura en esta población (consultar la imagen ).

Antraciclinas y sustancias relacionadas

Las antraciclinas (por ejemplo, doxorrubicina, daunorrubicina, idarrubicina y epirrubicina) y las antraquinonas (por ejemplo, mitoxantrona) son conocidas por dañar directamente los cardiomiocitos por la formación de especies reactivas de oxígeno y la inducción de apoptosis mitocondrial.[5,18] Los desenlaces posteriores a la muerte celular son cambios en la estructura del corazón, incluso adelgazamiento de la pared, lo que conduce a la sobrecarga ventricular y la remodelación patológica que, con el tiempo, conduce a la disfunción e insuficiencia cardíaca clínica permanente.[19-22]

Los factores de riesgo de la miocardiopatía relacionada con las antraciclinas son los siguientes:[23]

  • Dosis acumuladas; en particular, dosis mayores de 250 a to 300 mg/m2.
  • Edad temprana en el momento de la exposición; en particular, niños menores de 5 años.
  • Aumento del tiempo de exposición.

Entre estos factores, la dosis acumulada parece ser el más importante (consultar la figura ). Si bien no es completamente exacto si hay un umbral de dosis verdaderamente inocuo, las dosis que exceden 250 a 300 mg/m2 se relacionaron con un aumento importante del riesgo de miocardiopatía, con incidencias acumuladas superiores a 5% después de 20 años de seguimiento y, en algunos subgrupos, que llegan o sobrepasan una incidencia acumulada de 10% a los 40 años de edad.[9,10,17,20,22] La radiación simultánea dirigida al pecho o el corazón aumenta aún más el riesgo de miocardiopatía,[11,17] así como lo hace la presencia de otros rasgos metabólicos como la hipertensión.[6,24] Aunque la presentación clínica de insuficiencia cardíaca puede aparecer en el término de pocos años después de la exposición a antraciclinas, la manifestación clínica puede no aparecer por décadas, incluso en aquellos que recibieron dosis muy altas.

Equivalencia de las dosis de antraciclinas

Todavía no es claro cuál es la mejor forma de administrar juntas dosis de diferentes antraciclinas. Se han utilizado una variedad de fórmulas de equivalencia (en relación con la doxorrubicina); sin embargo, ellas se basan en gran medida en una equivalencia de efectos tóxicos hematológicos, que pueden no ser necesariamente los mismos que para los efectos tóxicos cardíacos.[17,25,26] La mayoría de las sociedades y grupos de pediatras profesionales generalmente consideraron a la daunorrubicina equivalente o casi equivalente a la doxorrubicina, aunque también se propusieron tasas importantes más bajas.[27] Otras sustancias, como idarrubicina, epirrubicina y mitoxantrona (una antraquinona) se diseñaron para reducir la toxicidad cardiaca manteniendo un efecto antitumoral similar, aunque los datos que apoyan esto se limitan principalmente a pacientes adultos de cáncer.[28] Del mismo modo, los datos sobre si las formulaciones de liposomas de antraciclinas reducen la toxicidad cardíaca en los niños también son limitados.[28]

Cardioprotección contra los efectos tóxicos de las antraciclinas

Además de las sustancias y formulaciones liposomales nuevas menos cardiotóxicas, se han explorado otras estrategias de cardioprotección como las siguientes:[23]

  • Prolongación del tiempo de la infusión. La prolongación del tiempo de la infusión se ha relacionado con una disminución de insuficiencia cardíaca en pacientes adultos, pero no en niños.[29,30]
  • Administración simultánea de cardioprotectores. Se ha probado una variedad de sustancias como cardioprotectores (amifostina, acetilcisteína, antagonistas del calcio, carvedilol, coenzima Q10 y L-carnitina), pero ninguna mostró ser beneficiosa de modo definitivo y no se consideran para la atención estándar.[31,32] Hay más datos para dexrazoxano como cardioprotector, pero una vez más, sobre todo para pacientes adultos de cáncer; la Administración de Medicamentos y Alimentos de los Estados Unidos lo aprobó para mujeres con cáncer de mama metastásico que recibieron 300 mg/m2 de antraciclinas y que se pueden beneficiar de más terapia con antraciclinas.[31] Los datos de niños muestra que el dexrazoxano puede mejorar algunos marcadores indirectos de toxicidad cardíaca.[33,34]

Radioterapia

Si bien las antraciclinas dañan directamente los cardiomiocitos, la radioterapia torácica afecta principalmente la vasculatura fina de los órganos afectados.[5] Entre los efectos cardíacos de la radioterapia específicamente dirigida al corazón se incluyen los siguientes:

  • Pericarditis diferida, que se puede presentar abruptamente o como un derrame pericárdico crónico.
  • Pancarditis, que incluye fibrosis pericárdica y miocárdica, con fibroelastosis endocárdica o sin esta.
  • Miocardiopatía (en ausencia de una enfermedad pericárdica importante), que se puede presentar incluso sin exposición a antraciclinas.
  • Cardiopatía isquémica.
  • Lesiones funcionales en las válvulas, a menudo en las aórticas.
  • Defectos de conducción.

Estos efectos tóxicos cardíacos se relacionan con la dosis de radiación total, el tamaño de la fracción individual de radiación y el volumen expuesto del corazón. En varios estudios se mostró un aumento importante de riesgo de estos desenlaces con dosis más altas de radiación; en particular, dosis dirigidas al corazón que exceden los 35 Gy.[3,10,11,16,35,36] Con dosis de radiación más altas, se notificaron tasas superiores a 10% después de 20 a 30 años de insuficiencia cardíaca, enfermedad pericárdica y valvulopatía. Sin embargo, incluso dosis tan bajas como de 5 Gy se relacionaron con un aumento de riesgo de mortalidad cardíaca y morbilidad cardíaca grave, posiblemente con una relación exponencial con la dosis.[3,11] De modo similar a las antraciclinas, la manifestación de estos efectos tardíos puede tomar años y hasta décadas. Por último, los pacientes que fueron expuestos tanto a radioterapia que afecta el sistema cardiovascular como a quimioterapias cardiotóxicas tienen todavía mayor riesgo de desenlaces cardiovasculares tardíos.[6,11]

La enfermedad cerebrovascular después de la exposición a la radioterapia es otro posible efecto tardío para los sobrevivientes. Mientras los sobrevivientes de tumores cerebrales presentaron tradicionalmente el mayor riesgo, se notificó que otros sobrevivientes expuestos a radiación craneal (≥18 Gy) y radiación dirigida al cuello (≥40 Gy), como los sobrevivientes de leucemia y linfoma, también tienen mayor riesgo.[37-39] En los sobrevivientes de linfoma que sólo recibieron la terapia dirigida al pecho o el cuello, se piensa que las causas de la enfermedad cerebrovascular es la aterosclerosis de los grandes vasos y la embolia cardíaca.[38]

Del mismo modo que con los desenlaces cardíacos, el riesgo aumenta con la dosis acumulada recibida. En un estudio (N = 325), se notificó que el peligro de derrame cerebral aumento en 5% (cociente de riesgos instantáneo [CRI], 1,05; IC 95%, 1,01–1,09; P = 0,02), con cada aumento de 1 Gy en la dosis de radiación, lo que conduce a una incidencia acumulada de 2% para el primer derrame cerebral después de 5 años y de 4% después de 10 años.[40] Los sobrevivientes que sufrieron un derrame cerebral tenían tuvieron entonces un riesgo significativo mayor de experimentar recidivas de derrames cerebrales.

Los resultados de estudios seleccionados en los que se describen la prevalencia y los factores de riesgo de accidente cerebrovascular o vasculopatía en sobrevivientes de cáncer infantil son los siguientes:

  • En un estudio multicéntrico retrospectivo realizado en Holanda con 2.201 sobrevivientes de LH a 5 años diagnosticados antes de los 51 años (25% de edad pediátrica) a los que se les realizó seguimiento durante una mediana de 18 años, 96 pacientes sufrieron enfermedades cerebrovasculares (accidentes cerebrovasculares [ACV] y ataques isquémicos transitorios [AIT]. La mayoría de los episodios isquémicos fueron de aterosclerosis en una arteria grande (36%) o embolia cardíaca (24%). La incidencia acumulada de ACV o AIT 30 años después del tratamiento del linfoma fue de 7%. La razón de incidencia estandarizada (RIE) para ACV fue 2,2 y de 3,1 para AIT. Sin embargo, los cálculos de RIE parecieron ser mayores entre los sobrevivientes de cáncer infantil, con RIE de 3,8 para ACV y de 7,6 para AIT. La irradiación dirigida al cuello y el mediastino fue un factor de riesgo independiente de enfermedad cerebrovascular isquémica (CRI = 2,5; IC 95%, 1,1–5,6) versus la no administración de radioterapia. El tratamiento con quimioterapia no se relacionó con un aumento del riesgo. Por último, la hipertensión, la diabetes mellitus y la hipercolesterolemia se relacionaron con la presentación de enfermedad cerebrovascular isquémica.[38]
  • Investigadores franceses observaron una relación significativa entre la dosis de radiación dirigida al cerebro y la mortalidad cerebrovascular a largo plazo entre 4.227 sobrevivientes a 5 años de cáncer infantil (mediana de seguimiento de 29 años). Los sobrevivientes que recibieron más de 50 Gy dirigidos a la cisterna prepontina presentaron un cociente de riesgos instantáneos (CRI) de 17,8 (IC 95%, 4,4–73) de muerte por enfermedad cerebrovascular, en comparación con quienes no recibieron radioterapia o quienes recibieron menos de 0,1 Gy en la región de la cisterna prepontina.[39]
  • En un estudio retrospectivo de cohorte con 325 sobrevivientes de cáncer infantil tratados con irradiación craneal o radiación cervical, se determinó que la radiación craneal expuso a los sobrevivientes de cáncer infantil a un riesgo alto de accidentes cerebrovasculares primarios y recidivantes. La incidencia acumulada de un primer accidente cerebrovascular fue de 4% (IC 95%, 2,0–8,4) 10 años después de la radioterapia. El peligro de un accidente cerebrovascular aumentó en 5% (CRI, 1,05, IC 95%, 1,01–1,09; P = 0,02) por cada 1 Gy de aumento de la dosis de radiación. La incidencia acumulada de accidente cerebrovascular recidivante fue de 38% (IC 95%, 17–69) a los 5 años y de 59% (IC 95%, 27–92) 10 años después del primer accidente cerebrovascular.[40]

Afecciones cardiovasculares habituales

Hay diversas exposiciones a tratamientos del cáncer que pueden influir directa o indirectamente en la presentación de hipertensión, diabetes mellitus y dislipidemia.[5] Estas afecciones siguen siendo importantes para los sobrevivientes de cáncer, como lo son para la población general, ya que son factores de riesgo independientes de miocardiopatía, cardiopatía isquémica y enfermedad cerebrovascular.[6,38,41,42] Los sobrevivientes de cáncer infantil se deben controlar cuidadosamente para detectar estas afecciones porque ellas representan porque representan objetivos de intervención que se pueden modificar. Esto incluye estar atento a afecciones relacionadas, tales como obesidad y diversas endocrinopatías (por ejemplo, hipotiroidismo, hipogonadismo, deficiencia de la hormona de crecimiento), que pueden ser más comunes en subgrupos de sobrevivientes de cáncer infantil: si estas afecciones no se tratan o controlan, se pueden vincular a un perfil metabólico que aumenta el riesgo cardiovascular.[8,43]

Otros factores de riesgo

En algunos estudios, aunque no en todos, se indica que el sexo femenino se puede vincular con un riesgo mayor de miocardiopatía relacionada con las antraciclinas.[5] Además, hay pruebas emergentes de que los factores genéticos, como los polimorfismo de un solo nucleótido en los genes que regulan el metabolismo y la distribución, podrían explicar la heterogeneidad de la susceptibilidad a lesiones cardíacas mediadas por antraciclinas.[44-46] Sin embargo, estos hallazgos genéticos necesitan más validación antes de incorporarse en cualquier algoritmo de exámenes clínicos de detección.[47]

Conocimientos insuficientes

Si bien gran parte del conocimiento adquirido en los últimos 20 años para comprender mejor la carga y los factores de riesgo a largo plazo de las cardiopatías en los sobrevivientes de cáncer infantil, aún se necesitas investigar muchas áreas como las siguientes:

  • La radiación puede tener efectos tanto directos como indirectos en el endotelio vascular, lo que contribuye al daño vascular más allá del campo primario de radiación.[48]
  • Todavía quedan por determinar los efectos a largo plazo de las dosis bajas de radiación, en particular a la luz las de tecnologías más nuevas que permiten que los radioncólogos reduzcan la dosis dirigida a órganos importantes situados fuera del campo tumoral.[49]
  • Todavía no están claros los efectos a largo plazo de los antineoplásicos más nuevos que se dirigen a objetivos moleculares, aunque se sabe que algunos de ellos producen efectos tóxicos cardíacos en el corto plazo.[15]
  • Es necesario estudiar más la eficacia de las estrategias de protección en los niños, incluso el uso de formulaciones alternativas de antraciclinas que parecen promisorias para los adultos.[23]

Exámenes de detección, vigilancia y asesoramiento

Hay una variedad de grupos nacionales, como el Children’s Oncology Group (COG) patrocinados por los Institutos Nacionales de Salud (consultar el Cuadro 2) que publicaron recomendaciones sobre los exámenes de detección y la vigilancia de los efectos tardíos cardiovasculares y otros para los sobrevivientes de cáncer infantil.[50-54] En este momento se está realizando un esfuerzo para armonizar algunas de estas directrices.[55] Los grupos de oncólogos profesionales y nacionales formularon recomendaciones relacionadas con el control de la toxicidad cardíaca.[56] Por el momento, no hay pruebas claras (al menos hasta los 50 años de edad o 30 a 40 años después del tratamiento) de que haya una meseta en el riesgo que se produce después de cierto tiempo para los sobrevivientes expuestos a tratamientos de cáncer relacionados con efectos tardíos cardiovasculares.[3,4,10,11,37,57] Por lo tanto, se recomienda algún tipo de vigilancia de por vida, incluso si la relación entre el costo y la eficacias de ciertas estrategias de detección sigan siendo poco claras.[58,59]

No obstante, en una cantidad cada vez mayor de bibliografía se está comenzando a establecer el rendimiento de estos estudios de detección; ello ayudará a guiar la formulación de directrices futuras.[8,60] Por ejemplo, en estos estudios, se encontraron pruebas de miocardiopatía en los sobrevivientes adultos en edad de cáncer infantil con base en que se encuentran cambios ecocardiográficos en aproximadamente 6% de los sobrevivientes en riesgo. En general, en una cohorte de más de 1.000 sobrevivientes (mediana de edad, 32 años), casi 60% de los sobrevivientes en riesgo sometidos a detección se identificó alguna anomalía cardiaca clínicamente comprobada.[8]

También se debe asesorar a los sobrevivientes sobre los beneficios cardiovasculares de los siguientes factores:

  • Mantenimiento de un peso saludable.
  • Adherencia a un régimen alimentario saludable para el corazón.
  • Participación regular en actividades físicas.
  • Abstención de fumar.

Los sobrevivientes deben obtener una autorización médica antes de participar en programas de ejercicios extremos. Dada la creciente evidencia de que las enfermedades cardiovasculares convencionales, como hipertensión, dislipidemia y diabetes, aumentan sustancialmente el riesgo de enfermedades cardiovasculares más graves entre los sobrevivientes, los médicos deben considerar cuidadosamente los valores de referencia y los exámenes de detección de seguimiento, así como el tratamiento de estas afecciones comórbidas que afectan la salud cardiovascular.[6,38,41,42]

Además de poner a disposición del público un conjunto completo de directrices, el COG también ha elaborado una serie de folletos sobre temas cardiovasculares y relacionados, que incluyen las posibles elecciones de modos de vida y que están redactados para un público no especializado, también disponibles en el mismo sitio de Internet.

Cuadro 2. Efectos tardíos cardiovascularesa,b
Terapia predisponente Posibles efectos cardiovasculares Evaluación del estado de salud
aLas directrices del Children's Oncology Group (COG) también se refieren a otras afecciones que pueden afectar el riesgo cardiovascular, como obesidad y diabetes mellitus o deterioro del metabolismo de la glucosa.
bAdaptado de Children's Oncology Group Long-Term Follow-Up Guidelines for Survivors of Childhood, Adolescent, and Young Adult Cancers.
Cualquier antraciclinas o radiación dirigida al corazón Toxicidad cardíaca (arritmia, miocardiopatía o insuficiencia cardíaca, enfermedad pericárdica, valvulopatía, cardiopatía isquémica) Antecedentes médicos y examen físico anuales
Electrocardiograma al principio del seguimiento a largo plazo
Ecocardiograma al principio del seguimiento a largo plazo, repetido periódicamente con base en exposiciones previas y otros factores de riesgo
Radiación dirigida al área (≥40 Gy) Arteriopatía carotídea o subclavia Antecedentes médicos y examen físico anuales; considerar una ecografía Doppler 10 años después de la exposición
Radiación dirigida al cerebro o el cráneo (≥18 Gy) Enfermedad cerebrovascular (cavernomas, Moyamoya, vasculopatía cerebral oclusiva, derrame cerebral) Antecedentes médicos y examen físico anuales
Irradiación total del cuerpo Dislipidemia Lipidograma en ayunas cada dos años
Exposición a metales pesados (carboplatino, cisplatino), ifosfamida y metotrexato; radiación dirigida a los riñones; trasplante de células madre hematopoyéticas; nefrectomía Hipertensión (como consecuencia de toxicidad renal) Toma de presión sanguínea y urianálisis anuales; estudios de laboratorio del funcionamiento renal al principio del seguimiento a largo plazo

Bibliografía

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  • Actualización: 9 de abril de 2015